7 meses y 5 días. El 2 de febrero, mi querido esposo exhaló su último respiro. Y junto a su vida se fue la mía. Todo lo que habíamos creado juntos, todo lo que esperábamos vivir juntos, todo lo que habíamos planificado para nuestra jubilación. Todo terminó el día 2 de febrero de 2026.
La vida siguió su curso, los amaneceres seguían empezando nuevos días y las puestas de sol los terminaban... El agua de los ríos seguía bajando, las nubes seguían viajando por el cielo, pero dentro de mí todo se paró a ese instante de las 17.15 de ese lunes.
Soy entrenadora de profesión; he ayudado a muchas personas a trabajar por objetivo, a entrenar con criterios que les ayuden a cumplir sueños. A superar obstáculos como las lesiones o problemas de diferente origen, siempre enfocado en su objetivo y con la mirada puesta hacia lo que pueden crear.
De golpe, mi vida se paró. Los intereses cambiaron, los estímulos también, los objetivos desaparecieron... Ya no conseguía vivir, tan solo podía sobrevivir un día a la vez. Sin más.
El duelo no tiene 'normas', no tienes un decálogo sobre cómo superar ese vacío, no hay tiempos correctos o incorrectos, no hay pociones mágicas... Hay que aceptar y aprender a vivir compartiendo nuestro día a día con ese vacío. Un vacío que llena mis días. ¿No es absurdo?
El duelo es un dolor que no se ve. No hay tiempo de recuperación definido; cada ser humano tiene el derecho de vivirlo a su manera y con sus tiempos. La gente quiere animarte, te hablan sin saber que tú ni puedes escucharles, te abrazan sin saber que tú ni puedes sentirles, te envían ánimos sin saber que tú no lo puedes recibir; te dicen de buscar nuevos objetivos en tu vida cuando el único sería volver a ver a tu ser querido.
El duelo es un dolor que ocupa todo tu ser: tu cuerpo físico, tu mente, tu pecho, tus noches, tus viajes, tus estudios, tus entrenos... Es tu nuevo compañero de vida y es muy difícil de explicar a alguien que no ha pasado por él.
La ausencia del otro empecé a llenarla con mi deporte. Mi terapia. Mi salvación.
En el pasado cambié de país de residencia, trabajo, hasta marido, y en cada cambio, lo único que me ayudó fue el deporte de resistencia.
Ahora, gracias a la física cuántica, a la epigenética, a la neuroplasticidad celular, conocemos mejor y tenemos más información sobre cómo funcionan nuestras células.
Mi manera de practicar deporte ha cambiado. Ya no busco prestaciones, ni tiempos, ni marcas... Busco movimiento, naturaleza y avanzar. Porque cuando el cuerpo se mueve, ya empieza a avanzar a través de ese día y luego vendrá otro y poco a poco estará de vuelta por el mundo social cumpliendo con tus tareas.
El deporte nunca hará desaparecer mi dolor, mi ausencia, pero me está ayudando a convivir con él.
Un paso a la vez, una brazada a la vez, una respiración profunda, un paseo por la playa... el movimiento es vida y activa y regula nuestro sistema nervioso, linfático y cerebral.
¿Por qué digo deporte de resistencia? Porque nos enfrentamos a nuestros miedos, a nuestros límites y a veces a cambiar de planes de repente. La fatiga física prolongada y el cansancio mental nos obligan a centrarnos en ese momento, en el presente, y a buscar una solución.
A veces simplemente es bajar el ritmo, otras debemos parar, otras reinventarnos y volver a empezar para poder acabar.
El dolor que viene de la fatiga física tiene su final cuando cruzamos una meta o terminamos un entrenamiento; el dolor emocional está con nosotros 24 h/7 y no sabemos si y cuándo terminará.
Hay días de entrenos perfectos, otros desastrosos, sensaciones fantásticas y percibir el cuerpo como una piedra; nunca es lo mismo. Casi nunca salen entrenos iguales, a pesar de ejecutar todas las indicaciones recibidas.
En el duelo pasa lo mismo. Hay días que empezamos con energía y ganas de hacer cosas y otros donde, tan solo levantarse de la cama es un logro enorme.
Siempre digo a mis atletas que el camino hacia una competición de larga duración es como subirse a la montaña rusa: un momento estás arriba y te parece tocar el cielo con un dedo y al día siguiente te sientes hundido bajo tierra... El duelo es un poco lo mismo. Pasan los días, los meses y crees haberlo aceptado o superado, y, de repente, una foto, un olor, una canción reabren esa herida... pero tú sigue porque sabes que volverán momentos mejores, donde la ausencia ya no hará tanto daño.
Con el deporte aprendemos a mejorar y superar límites, pero el duelo absorbe todas nuestras energías físicas y mentales y no debería llegar a ser un castigo. El objetivo es que el deporte nos ayude, nos acompañe en este camino de duelo y no que nos destruya con destrozos físicos. Así que mi consejo es más bien practicar actividad física al aire libre, sin obsesión de marcas, de tiempos, de prestaciones, porque el duelo ocupa cada célula y no podemos perjudicar nuestra salud. Tenemos que encontrar la forma de ayudarnos a seguir y quizás un día volveremos a encontrar ilusión para volver a competir o compartir entrenos con amigos y compañeros de equipo.
Un día a la vez, una respiración a la vez, un kilómetro a la vez, un amanecer a la vez, una puesta de sol a la vez. Todo mi mundo seguirá girando alrededor de Toni y solo deseo que el vacío que ahora oprime mi alma y mi estómago se haga más ligero hasta poder convivir con él serenamente.
Y seguro que la práctica del deporte de resistencia me ayudará a seguir con ilusión y con amor hacia lo que siempre ha sido mi pasión. Entrenar a otros para que consigan cumplir sus sueños. Porque ahora sus sueños y sus metas se han transformado en mis sueños y mis metas.
Yo lo cumplí: me fui a correr a la Marathon des Sables en un momento de mi vida donde tenía que parar y resetear mi vida, y ahí estaba Toni para cambiarme la vida y enseñarme el camino hacia la mejor versión de mí misma. Doy gracias a la vida por habernos puesto en el camino del otro y habernos regalado 19 años maravillosos.
Un respiro a la vez
Un paso a la vez
Un dia a la vez....

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